Sí, de nuevo Piper hablando de temas que a muchos no les gusta, pero qué podemos hacer, no soy de los que van hacia donde todos los peces nadan.

No obstante, hoy no voy a hablar de libros problemáticos ni daré consejos para describir personajes negros o sobre minorías. No, hoy voy a hacer un llamado de atención a mí mismo y a los artistas que, porque me siguen o por casualidad, leen este blog.

Hablaremos de las consecuencias de tomar la escritura o cualquier arte sin medirnos y sin un límite. Hablaremos de cuando escribir se convierte en una enfermedad.


La portada es el primer contacto que tienen los lectores con nuestros libros y, no podemos negarlo, una de las razones por las cuales eligen comprarlos o pasan de largo.

Los que han seguido mi trayectoria como escritor estarán al tanto de que contraté los servicios de un ilustrador en Colombia y me estafó, por lo que me quedé sin presupuesto para la portada y con los ánimos por el piso. Me explico, la idea original de la cubierta ya no me entusiasma igual que antes. 

Solicité asesoría en algunos ilustradores y me abrieron los ojos a un problema que suele pasar desapercibido: cómo obtener la portada que queremos cuando contratamos a un ilustrador.



Sobre los lectores de sensibilidad se ha hablado bastante (hablado en el buen sentido de la palabra, pues se han iniciado verdaderas guerras), y Logan lo explicó muy bien en este artículo, dejando desde el principio (más bien desde el título) que su función NO ES CENSURAR. Nuestros amigos de Autorquía también se tomaron la tarea de ampliar la información y nos dieron valiosos consejos sobre cómo ser un buen lector de sensibilidad. Aconsejo leer los dos artículos antes de abordar esta entrada para evitar prejuicios. 

Algo que me llama la atención de su interesante artículo es la base de datos de lectores de sensibilidad estadounidense, disponible para aquellos que deseen contratar sus servicios. ¿Qué tal si levantamos la nuestra en español?

Sí, estoy metiendo el cuello hasta el fondo y sé que más de uno va a estar en contra de esta entrada, pero cuando hablamos de libros problemáticos no podemos enfocarnos tan solo en aquellos que se escriben hoy en día, y aunque digan que todo tiempo pasado fue mejor, siempre encontramos una que otra excepción. 

Amigas y amigos, he aquí una nueva entrega de los libros problemáticos y el por qué la época en que se escribieron no es una excusa.

Sí, has abierto las redes sociales y te encuentras con que tu novela, esa a la que dedicaste sudor, sangre y dinero, es tendencia (hasta en Snapchat). No porque sea un best seller ni porque la estén amando. Al contrario, llaman a tu libro racista, homófobo, misógino, etc, siendo estas palabras las más amables y suaves. En conclusión, te encuentras en la picota pública.

¿Cómo vas a reaccionar? (asumiendo que las acusaciones son serias)

No sé si alguna vez has escuchado de los libros problemáticos, pero este es un tema que tenía en remojo desde hace varios meses y al que he logrado darle algo de forma.

La primera pregunta que se me vino a la cabeza al empezar a escribir fue: ¿puede o debe un libro ser llamado problemático? 

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