La aflicción del escritor

Hola a todos. Confieso que llegué a pensar en abandonar el blog e incluso estuve dispuesto a no redactar esta entrada, pero aquí estoy, dejando al descubierto mi tristeza tras la pérdida de mi bebé David Santiago.

Nunca te olvidaré, hijo.
Durante días permanecí sentado frente al computador preguntándome si era necesario. Si mi vida íntima y mi dolor merecían ser del escarnio público (solo cuando estás del otro lado del puente supones que mereces ser el centro de atención y que tu yugo debe ser llevado por los demás).

Sin embargo, hubo un grupo de personas, algunos suscritos al blog y otros conocidos del gremio literario, que enviaron su mensaje de apoyo y demostraron ser humanos antes que artistas. En ningún momento pienso que esta entrada sea dedicada a ellos, pues la situación no da para ello, pero por alguna razón no puedo hacer el de la vista gorda. 

Bueno, empezaré por un relato. Antes de que lo leas aclaro dos cosas: no soy poeta ni sé escribir poesía, y esto fue lo único que la aflicción me permitió plasmar. No tiene nombre, pues aunque titulé el archivo Oda a David Santiago, no es una oda, es más que eso... es mi arrepentimiento por no haberle dedicado el tiempo que mi pequeño se merecía.

─Ten cuidado, me lastimas.
─Lo siento… ─murmuró, disminuyó la fuerza del abrazo y volteó el rostro hacia la nada─. Lo siento, no quise…
─No te preocupes ─sonrió─. ¿Estás llorando?
─No… no… es que me harás mucha falta.
─Y tú a mí, pero así es la vida. Que no te avergüence llorar. Desahógate. Más adelante lo comprenderás.
El padre gimió y lo tomó de las pequeñas manos, que se mantenían cerradas.
─¿Cuidarás de mí?
─Cómo crees ─volvió a sonreír el pequeño─. Recuerda dos cosas, papá. La primera, que estoy durmiendo y no tengo conciencia de lo que ocurre en el mundo. Y la segunda, que estás soñando y esta conversación es lo que quieres oír, no la realidad. Lo único que puedo prometer es que nos encontraremos algún día en el paraíso. Solo debes asegurarte de llegar con mamá y mi hermano.
─Te… te lo prometo ─las palabras escapaban lacerantes y las lágrimas caían como una catarata de lava por sus mejillas─. Los cuidaré.
─No te preocupes por mí. El sufrimiento terminó y nunca olvidaré el tiempo que estuve a su lado.
─Pero fue demasiado corto…
─Quizás para ustedes, para mí fue el tiempo perfecto… adiós.
El padre despertó sollozando y se percató de que su esposa no dormía ni se encontraba en la habitación. Se levantó con cuidado, secando su rostro con la manga de la camiseta. Caminó hasta la sala, en donde la encontró abrazada a la pijama de su pequeño bebé.
─Siempre te amaré… ─Fue lo único que susurró.

Algunos dirán que en mi lugar habrían creado algo mejor, pero les aseguro que no todos los días tienes este tipo de pérdidas y un hijo merece más que un simple escrito por hermoso que sea (el escrito). Merece todo el amor, acompañamiento y dedicación que el ser humano pueda brindar, pues son un regalo de Dios.

También quiero compartir el relato que mi buena amiga, Ana Behibak, me envió...

Adiós hijo mío
Hijo mío, fruto de mi vientre,
como lastima ya no tenerte,
tras ver tu cuerpecito inerte
en los brazos de la muerte.
Ha sido espantosa la jornada,
y hoy mi ahogada melancolía,
con la ausencia de tu mirada
se ha convertido en una agonía
¿Cuándo podré volver a verte
entre mis brazos, mi pequeño
y besarte tu rosada frente,
sin que sea sólo cruel sueño?
Esto a Dios le he preguntado,
mas respuesta no me ha dado
que mi dolor haya erradicado
y continua el duelo guardado.
Ya nada vale, y no sólo lo digo,
también llorando al cielo le grito,
¡Vuleve a mi cálido abrigo
y acaba mi dolor infinito!
Ven bebé, mi pequeño crío,
ven, con mami, te daré abrigo,
ven, ¿no ves que sólo río
soñando contigo?
¿No sabes del amargo dolor
que deja tu ausencia, mi amor?
Háblale luna, de mi melancolía,
dile que aún me pesa su ausencia,
que mi calma dejó de ser mía,
desde que no la llena su presencia.

Para los que no la conocen o no recuerdan, Ana Behibak es una escritora argentina que colaboró en el blog con la entrada Maquilla tu relato. A Ana, mil gracias.

Les confieso que a estas alturas no me importa demasiado el blog, el SEO, las redes sociales o el número de seguidores. En estos momentos mi atención está centrada en mi familia: en mi esposa Claudia y mi hijo mayor, Juan Esteban. Y aunque no lo crean, me duele cada segundo que dejé de dedicarle a David Santiago por encontrarme leyendo un artículo o escribiendo para Internet.

Algunos dirán que estoy siendo llevado por el dolor y que es parte del duelo, pero con tristeza recuerdo una ocasión en que le di el biberón y leía una entrada de un blog al mismo tiempo. Dios, en que pensaba.

Para terminar, doy un consejo que puede ser mal recibido por algunos e ignorado por otros: la fama, el reconocimiento y el placer de ser escritores nunca reemplazará el tiempo, las experiencias y los recuerdos de compartir con nuestros seres queridos, sea tu hijo, tu hermano, tu madre o quien sea. Por eso los invito a gozarse cada segundo con ellos, porque bien puede ser el último.

Y si no me crees, yo era de los que pensaba que los hijos se le morían a los demás, no a mí.

No puedo irme sin agradecer a Ana Behibak, Javier Valladolid, Atico Prospere, Maria Teresa Fandiño Perez, Marian, Maria Josefa González, Eliseo González Yncio, Ulises Cardenas, Paula Triedes, Hölle Muse Königin Wieder y quien se quede por fuera. A todos ustedes, mil gracias y muchas bendiciones en sus vidas.

En cuanto a lo que han enviado correos preguntando sobre el taller literario en línea y la continuidad del blog: el taller continúa abierto recibiendo relatos y haré lo posible por publicar una vez a la semana o reciclar entradas antiguas. No lo sé... solo sé que mi hijo está por despertar y es sábado.

6 comentarios:

  1. Duele solo de imaginárselo, Piper. Lamento muchísimo tu pérdida, vuestra pérdida. Puedo imaginar el dolor, la soledad, la incredulidad... y seguro que no me acerco ni un poquito a lo que sientes. Creo que algo así no se supera, tienes aprender a vivir con ello. No hoy, ni mañana, claro... Un abrazo amigo, tómate tu tiempo.

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    1. Gracias, Clara. Muchas gracias y que Dios te bendiga. Es muy duro pero por lo menos pude escribir.

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  2. No hay por qué darlas. Es lo menos que podía hacer en tu situación. No te tortures por esas cosas. La pérdida de un hijo es algo demasiado duro para preocuparse por un instante mirando la entrada de un blog mientras le dabas el biberón. Pasaste infinidad de momentos con tu hijo y estoy seguro de que, aunque no pudiera decirlo con palabras, se sintió muy querido en su corta vida y fue gracias a ti y a su madre. Mi abuela paterna murió a los nueve años y reconozco que recuerdo pocas cosas de ella; era una abuela de visitas; no pasó conmigo tanto tiempo como tú con tu hijo, pero nunca me sentí ni por un momento falto de su cariño y de su atención. Intenta hacer lo posible por seguir adelante, disfrutar los buenos momentos de la vida y no quedarte sólo en lo que podrías haber hecho. La vida de nadie es perfecta. Todos cometemos errores, pero no podemos martirizarnos por todos ellos, aunque se trate de alguien a quien queremos muchísimo. Un fuerte abrazo.

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    1. Hola Javier. Quizás no se trata de sentirme culpable. Es que siento que cuando pude pasar tiempo con él no fue de calidad. Fue un acompañamiento, más no fue compartir. De todas maneras, en ningún momento me siento frustrado. Es esa sensación en la que sabes que pudiste dar mucho más, pues es tu hijo. Tu sangre, su herencia. Tu hijo no tiene a nadie más que a sus padres.

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  3. Lamento mucho vuestra pérdida. Mi más sentido pésame. Que no te atormente el tiempo que no dedicaste a tu hijo, celebra el que si le dedicaste. Estoy seguro que él, a pesar de su corta edad, se sintió amado. Un abrazo.

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